Viernes, 09 Diciembre 2016 14:10

Ecos de la casa de los sueños

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Cabezal Ecos de la Casa de los Sueños
Un cuento de Kingsley Bonilla

En su soledad, Cristian intenta con su floreciente imaginación sumergirse en sus propios juegos que sirvan como válvulas de escape de sus miedos que sin misericordia desgastan los sentimientos más sublimes de su corazón, como si fuese el óxido del metal de un viejo coche que se empieza a descascarar por el paso inquebrantable del tiempo.

Tiempo que golpea con una sonora bofetada el rostro mofletudo de Cristian, y se burla socarronamente de él, porque el tiempo de Cristian, en este amargo mundo, según los registros de su caleidoscopio, son de unos cortos 8 años, de una vida insulsa, confusa y un poco atropellada por razones que a él aún le cuesta entender.

Miedos que se deben a esos variopintos conatos de gresca entre los seres que más ama, quienes en esas absurdas peleas se convierten en los peores ogros jamás vistos, sacados de oscuros y perversos cuentos de terror que sólo pueden anidar y reproducirse en las mentes de entes autómatas que olvidaron por completo la esencia de la vida: soñar, respetar y amar.

Ahora ellos (los ogros), como todos los días se despiertan mucho antes que los rayos del sol iluminen las ventanas de la casa, que para Cristian es un baldío, triste y solitario palacio enrarecido entre sus propias paredes. Estresados, agobiados por el tiempo, cogen las llaves en busca de rápidos y destartalados bólidos que los lleven a sus esclavizantes trabajos en el centro de la patética y casi inexpugnable ciudad de Lima, que se encuentra fuertemente resguardada por centinelas computarizados, dispuestos a disparar con sus digitales escopetas a todo aquél que se atreva a propagar la paz.

Hace 50 años Lima fue totalmente amurallada por bloques de concreto para evitar los ataques de escuadras rebeldes e infecciones de mortíferos virus. Los rebeldes viven debajo de la ciudad capitalina. Usan el alcantarillado para recorrer sus serpenteantes calles, inundadas de chatarra, restos de comida, material radiactivo y gente de mal vivir. Cada día son más los excluidos del sistema, quienes se pierden en sus entrañas nauseabundas más recónditas buscando un sitio donde vivir.

Han convertido el subsuelo en devastadores inframundos donde enfermedades como el zika y el ébola (extinguidas hace tiempo gracias a la ciencia médica) son las causas más comunes de muerte entre los declarados “hombres topo”, nombre que acuñó la frágil prensa independiente, que aún subsiste, para referirse a ellos cuando son los protagonistas de sangrientas reyertas callejeras en protesta del poder autoritario que el Cybergobierno fascista ejerce a mansalva. Sus vandálicos actos forman parte de las crónicas más leídas de los tabloides matutinos que se reparten clandestinamente por los rebeldes en puntos estratégicos de la ciudad amurallada.

Los “hombres topo” son también conocidos porque sufren alguna mutación genética producto de los violentos enfrentamientos con los centinelas. Temen su presencia, sobretodo del letal gas pimienta que esparcen con una reciclada fumigadora que brilla intensamente por el cromado dorado de su metal. Esta destructiva arma química fue utilizada por militares alemanes en la primera guerra mundial, pero con el desarrollo e innovación en el campo experimental de la nanotecnología, el dictatorial Cybergobierno fascista lo ha perfeccionado.

Los “hombres topo”, seres considerados por este Cybergobierno como desechos humanos, conviven bajo sus propias leyes, en esta apocalíptica metrópoli subterránea que crece en medio del caos y la tugurización de precarios containers convertidas en improvisadas viviendas.

En Lima, la ciudad amurallada, trabajan hombres autómatas carentes de expresión alguna, cuyos cerebros, durante la guerra separatista del sur contra el norte, fueron trepanados por complejas máquinas, capaces de emitir a través de sus pantallas LED potentes imágenes que poco a poco fueron dinamitando el concepto de unión familiar.

El núcleo familiar se mantuvo sólido hasta inicios de los ochenta, época en que los demócratas conservadores, como parte de su política social implantaron en la piel de los ciudadanos, inteligentes microchips que condicionaban el comportamiento humano con propósitos benignos.

Con la victoria del sur en la guerra separatista, los microchips fueron destruidos con un láser que se inoculaba profundamente la piel hasta expulsar los restos pulverizados de los microchips.

Como huella de tal holocausto cibernético quedó la opaca barra de códigos, que tras ser escaneada por un sofisticado detector, identificaba la hoja de vida digital del ciudadano. La fea marca rosácea es visible en la muñeca de la mano derecha. Todo aquél que la tiene, entre ellos el pequeño Cristian, puede con el tiempo contraer cáncer de piel.

En ese contexto social, Cristian sobrevive a su manera, en su estado más puro e inocente. Ahora, sin los ogros, tiene la casa para él. En su febril y extasiada imaginación se convierte en un pequeño mago que ataviado de un raído overol, una camiseta verde esperanza que lleva su nombre en color negro estampado en alto relieve y una curiosa gorrita muy parecida a la que usan los eufóricos aficionados de la NBA, está listo para empezar a crear universos disímiles en su peculiar fábrica de sueños

Uno de sus juegos preferidos es cuando finge ser un famoso, mediático y controversial locutor de fútbol. El estadio es la gigante sala de su casa, incluso mil veces mejor construido que el más mentadito de todos: el mítico Maracaná de Brasil. La sala está inundada hasta arriba de amorfos adornos, que su madre compra con exquisito gusto pero de forma muy compulsiva. Aprisiona uno de sus adornos favoritos: son tres caballos blancos hechos de fina porcelana española, los lleva muy cerca de la boca para suavemente soplarlos. Todos, de a pocos, comienzan a cobrar vida para transformarse en acérrimos hinchas que inflan sus portentosas gargantas con sonoros vítores y alentar incansablemente a cada uno de sus equipos, plagados de las estrellas más rutilantes del fútbol mundial: Pelé, Maradona, Cruyf, Cubillas, Messi, Guerrero, entre otros.

El gramado es una mantita verde que capturó de un juego de mesa que unos parientes suyos le regalaron en uno de sus fastuosos cumpleaños, donde no faltaba nada, pero que rápidamente dejó por considerarlo aburrido, soso y sin chispa para dar rienda suelta a su imaginación. También ha cogido los arquitos de plástico que le darán mayor realismo a su apasionada narración del deporte rey.

Abre, impetuoso, de par en par, las pequeñas puertas del mueble marrón vintage con motivos florales, que se haya muy pegado a una de las paredes de la sala y que no ha sido movido en décadas de ese lugar. Allí su madre guarda celosamente platos, vasos, copas de cristal, de formas y colores diferentes, menajes del hogar, muchos de ellos completamente nuevos en cajas de cartón correctamente selladas. También está el querido barrilete marrón con los seis dados negros que solo saca cuando recibe la visita de los jaraneros tíos de Cristian para jugar “cachito”.

Muy al fondo, en una esquina, Cristian encuentra por fin los casinos que tienen serigrafiados por un lado los jockers coloridos que tanto llaman su atención y que gusta tocar con la yema de sus regordetes dedos para sentir su gélida textura, y por el otro presentan esas formas geométricas que parecen enredarse entre sí. A Cristian le fascina ese toque abstracto, los mira fijamente por unos segundos para ver si tienen el poder de hipnotizarlo.

Cristian lo tiene claro, los casinos serán los jugadores a quienes puede manipular a su antojo logrando las jugadas más vistosas, dignas del mejor de los poemas del escritor más laureado, y atajadas sorprendentes, que son del deleite del aficionado digital que sigue la señal por televisión terrestre.

Usa como balón una de las canicas que colecciona por cientos en una bolsa que se encuentra un tanto refundida en el closet de su habitación. Muchas de ellas las ganó a sus amigos en épicas batallas donde la picardía y la buena puntería eran necesarias. En este juego, Cristian se siente libre, es su mundo, y en su mundo él tiene el control total.

En su juego, puede hacer de todo y olvidarse del momento incordio que le tocó vivir hace unos días en el colegio. Recuerda con mucha tristeza cuando sus compañeros lo excluyeron del equipo de fulbito por ser gordo, distinto al resto, y por su poca habilidad con el balón en los pies. Le jode no participar del juego. Casi a ras de cancha, sentado en una de las banquitas que adornan el hexagonal patio del cole tuvo que contentarse, como si se tratase del peor de los premios consuelo, verlo en compañía del cielo gris de Lima, del pulgoso perro típico de barrio que deambula por sus calles, que ahora se le ha tumbado sobre su regazo, y soportar los gritos destemplados de gol de sus compis: “Ellos disfrutan al máximo, se nota en sus coloraditos y sudorosos rostros producto del esfuerzo físico”, piensa con rabia. Prefiere olvidar, desterrar este momento agrio de su corazón sublime, como la marca conocida de un rico chocolate que compra a raudales con la propina de “papi” Héctor para apaciguar su frustración.

De pronto cuando se disponía a narrar otro partido, siente el chasquido de las llaves en la cerradura de la reja. Cristian sabe que están aquí, que los ogros han regresado. Se le escarapela el cuerpo, presuroso, jadeante y casi sin aliento recoge y envuelve la mantita con todos sus artilugios mágicos. El escenario imaginario que había construido empieza a desvanecerse en su mente, la angustiosa realidad está cerca, sus miedos se disparan hacia el cielo sin límite. Huye a esconderse debajo de la cama de su pequeña habitación. Por hoy el juego ha terminado, pero ensimismado, mientras escucha los pasos de los ogros acercarse hacía su cuarto, llamándolo hoscamente, es conciente que cuando ellos no estén volverá a tener el control total de la casa, entonces esboza una gran sonrisa, un holograma etéreo aparece, se expande parpadeante con un sonido gutural, por sobre su cabeza. Esa es la señal que esperaba, ahora está listo otra vez, para crear libremente en la fábrica de sus sueños.


Foto de Kingsley BonillaAutoría: Kingsley Bonilla
Periodista, publicista y diseñador gráfico

Revisión y selección foto cabecera: Plácido Luna

Visto 203 veces Modificado por última vez en Viernes, 09 Diciembre 2016 14:22