Viernes, 09 Diciembre 2016 14:10

Ecos de la casa de los sueños

Cabezal Ecos de la Casa de los Sueños
Un cuento de Kingsley Bonilla

En su soledad, Cristian intenta con su floreciente imaginación sumergirse en sus propios juegos que sirvan como válvulas de escape de sus miedos que sin misericordia desgastan los sentimientos más sublimes de su corazón, como si fuese el óxido del metal de un viejo coche que se empieza a descascarar por el paso inquebrantable del tiempo.

Tiempo que golpea con una sonora bofetada el rostro mofletudo de Cristian, y se burla socarronamente de él, porque el tiempo de Cristian, en este amargo mundo, según los registros de su caleidoscopio, son de unos cortos 8 años, de una vida insulsa, confusa y un poco atropellada por razones que a él aún le cuesta entender.

Publicado en Literario

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Son las 7:45 de un lunes cualquiera en la Avenida La Marina, presuroso tomo la primera combi que me lleve al cruce de la Avenida Javier Prado con Arenales. Dentro, el paisaje urbano puede resultar típico para muchos: la música a todo volumen, discusiones con el cobrador, pasajeros completamente hacinados en esta achacosa carrocería de metal que, siendo realista y sin caer en la exageración, es una bomba de tiempo rodante que de producirse un accidente, Dios no lo quiera, detonaría provocando la muerte; se viaja literalmente con la existencia pendiendo de un hilo. Solo la peculiar historia de un vendedor charlatán, que ofrece sus productos a diestra y siniestra, y el ruido ensordecedor de la bocina del vehículo consiguen borrar mi angustia.

En esta combi, que no quiero que sea asesina, donde ya no entra ni un alfiler, observo a unos extraños seres que, desde hace algún tiempo, conviven con nosotros y no se trata de alienígenas que vienen del planeta Ganímedes a invadir La Tierra para colonizarnos, aunque si hablamos de “colonizar”, muchos consideran que se está produciendo en el terreno de las nuevas tecnologías de la información, y lo cierto es que las evidencias saltan a la vista con una cada vez más frecuente dependencia, casi religiosa, a utilizar estas nuevas plataformas digitales; pero volvamos a lo nuestro, estos seres tienen, como una de sus tantas peculiaridades, la dualidad para evadir el mundo real e implicarse en otro, virtual, al que han llamado desde 1995, ciberespacio. Todos ellos están controlados por smartphones, pequeños aparatitos que tienen el poder omnipotente de transformar a amas de casa, estudiantes, ejecutivos, profesionales, en suma, a quien caiga bajo su hipnótica y adictiva tecnología, en robots capaces de producir y consumir cantidades desmesuradas de información en tiempo real.

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