Jueves, 16 Julio 2015 00:00

Memorias de una crónica robótica en una combi (por Kingsley Bonilla)

Valora este artículo
(8 votos)

cabezal artículo

Son las 7:45 de un lunes cualquiera en la Avenida La Marina, presuroso tomo la primera combi que me lleve al cruce de la Avenida Javier Prado con Arenales. Dentro, el paisaje urbano puede resultar típico para muchos: la música a todo volumen, discusiones con el cobrador, pasajeros completamente hacinados en esta achacosa carrocería de metal que, siendo realista y sin caer en la exageración, es una bomba de tiempo rodante que de producirse un accidente, Dios no lo quiera, detonaría provocando la muerte; se viaja literalmente con la existencia pendiendo de un hilo. Solo la peculiar historia de un vendedor charlatán, que ofrece sus productos a diestra y siniestra, y el ruido ensordecedor de la bocina del vehículo consiguen borrar mi angustia.

En esta combi, que no quiero que sea asesina, donde ya no entra ni un alfiler, observo a unos extraños seres que, desde hace algún tiempo, conviven con nosotros y no se trata de alienígenas que vienen del planeta Ganímedes a invadir La Tierra para colonizarnos, aunque si hablamos de “colonizar”, muchos consideran que se está produciendo en el terreno de las nuevas tecnologías de la información, y lo cierto es que las evidencias saltan a la vista con una cada vez más frecuente dependencia, casi religiosa, a utilizar estas nuevas plataformas digitales; pero volvamos a lo nuestro, estos seres tienen, como una de sus tantas peculiaridades, la dualidad para evadir el mundo real e implicarse en otro, virtual, al que han llamado desde 1995, ciberespacio. Todos ellos están controlados por smartphones, pequeños aparatitos que tienen el poder omnipotente de transformar a amas de casa, estudiantes, ejecutivos, profesionales, en suma, a quien caiga bajo su hipnótica y adictiva tecnología, en robots capaces de producir y consumir cantidades desmesuradas de información en tiempo real.

Me fijo en uno de ellos, al que llamaré Robbie, en clara referencia al personaje de la novela “I, Robot” del genial escritor ruso Isaac Asimov. Robbie es un modelo joven, cuyo ADN pertenece a una generación denominada millennials: hiperconectada todo el tiempo, que interactúa compulsiva y táctilmente con sus smartphones compartiendo imágenes, selfies por doquier, videos, música y todo aquello que forma parte de la cultura de lo inmediato y mediático. Como en la novela, estoy a punto de creer que Robbie está dotado de un cerebro prosódico que opera como una unidad central de procesamiento que le confiere conciencia, pero no deja de ser artificial. Robbie no puede lastimar a un ser humano porque quebrantaría la primera ley de la robótica que propone Asimov: “Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño”. Pensar que Robbie, además de ser un sofisticado robot, sea también un arma de destrucción masiva significaría el fin de nuestra especie, por lo que recordar esta ley me tranquiliza.

Al entrar en la Av. Javier Prado, el tráfico es insoportable, los coches avanzan en caravana, el malestar de los viajeros se hace latente con insultos de grueso calibre hacia el chofer, como si él tuviera la culpa del caótico transporte limeño. Me agobia llegar tarde al trabajo pero intento, con denodados esfuerzos, ser paciente; mientras tanto, a Robbie empiezo a tenerle una sana envidia, viaja tranquilo, absorto en su mundo no se hace “paltas” por el tráfico, ya que acaba de mensajear vía Whatsaap a su profe de historia del arte, explicándole los hechos; incluso se ha dado maña para tomar una foto y subirlo a Instagram. Con su reluciente smartphone, de alta gama, que lleva serigrafiado en el reverso de la carcasa el logotipo de una manzana mordida, recién adquirido gracias a la billetera de papá, ruega, con curiosos “emotions” y raros códigos, que forman parte de un nuevo idioma que solo los “elegidos” del ciberespacio conocen, para que su profe lo dejé entrar a clase.

Robbie, aprovecha el congestionamiento vehicular para consumir y producir información, es un prosumer en potencia, lo hace con destreza, abriendo y cerrando muchas aplicaciones, casi todo al mismo tiempo, pero hay algo que verdaderamente me intriga: son esos audífonos grises, de aspecto espacial, puestos graciosamente sobre su cabeza, que en una época, estoy convencido, fueron blancos pero que por la falta de limpieza ahora tienen el color del cielo capitalino durante el invierno. Presentan un marcado diseño retro de los años ochenta, cuya característica más notoria son esas enormes orejeras, sí, ahora que recuerdo bien, los audífonos son calcados a los que teníamos en casa y –si la memoria no me falla- vinieron de regalo por la compra del, en aquél entonces “moderno” equipo de sonido 3 en 1, marca Sony, de papá Héctor.

Me pregunto, ¿Qué demonios está escuchando?, quizás sea un estereotipo, juzguen ustedes, pero me cuesta imaginar que esté interactuando con la música fusión de Sting, el rock gótico de The Cure, los acordes electrónicos de Pet Shop Boys, o quizás me equivoque, y gusta por algo más heavy como ACDC o un género más sabroso como la salsa dura de Lavoe. A lo mejor, preocupado por su formación académica, sigue alguna clase virtual de chino mandarín o es un latinlover del chat y quiere ligarse a una chica plástica con la cumbia del arbolito. En definitiva, solo él lo sabe.

Por fin el tráfico se hace más fluido, miro el reloj, estoy fuera de hora, llegaré tarde otra vez, no hay nada ni nadie que pueda salvarme, ni siquiera las ocurrencias de El Chapulín Colorado con su chipote chillón. ¡Vaya! Solo me queda el premio consuelo de seguir fisgoneando el smartphone de Robbie. Esta vez en su cuenta de Facebook cuelga fotos de una fiesta semáforo, ganancia total, y de cuando en cuando postea, primero, un simpático meme que se mofa sobre el mal gusto de Nadine para vestirse durante su encuentro en El Prado con los reyes de España, y después, otro, donde una caricatura del gordo Gastón califica a los chilenos de “conchudos” por apropiarse descaradamente en la Expo de Milán de nuestra quinua, pisco y chirimoya. Robbie resultó ser más peruano que la papa y el cebiche juntos.

Quedan pocas cuadras para llegar a la Universidad, hoy tengo que tomar finales, suena mi smartphone, lo cojo del bolsillo de mi americana y en “one” lo apago. No me apetece contestar, al mediodía, después de clases, leeré la prensa, con el traje hecho acordeón, el cuello de la camisa abierta y la corbata floja, me tiraré en un cómodo sofá del Starbucks para beber un café bien cargado, muy caliente, acompañado de un delicioso croissant de jamón y queso recién salido del horno microondas, un placer digno de los dioses del Olimpo. No quiero ser más un Robbie, estoy decidido, voy a boicotear su alienante sistema tecnológico y hacerle pedazos sus complejos circuitos computarizados. Quiero releer, las veces que me dé la gana, cuando no entienda algún párrafo de mi columnista favorito, subrayar las palabras nuevas que encuentre para buscar su significado en un diccionario de los de siempre, como el deshojado y vetusto “pequeño Larousse” de 1973 que aún conservo en casa; romperme el coco con el crucigrama de El Comercio, aunque nunca en mi puñetera vida lo resuelva, no me importa moriré en el intento.

El fin de semana visitaré a mis padres, los mimaré, le entregaré a mamá la novela “Vintage”, que acabo de terminar de leer, quiero que lo disfrute, además sé que le gustará porque va de culebrones y de moda, es como ella: elegante por donde se la mire. Está agendado, hoy será diferente; no obstante soy consciente de que tarde o temprano me convertiré en un robot hiperconectado, arrastrado por la cultura del consumo que vive una sociedad cada vez más superficial, menos cálida, arrancándonos de nuestras entrañas, como voraz depredador, tiempo preciado para reflexionar, debatir y departir con nuestro entorno más cercano.

Al menos por un día, dejaré de ser el robot de la novela de Asimov, para ser yo en estado puro. Hasta la próxima.


Foto de Kingsley BonillaAutor: Kingsley Bonilla

Catedrático Universitario. Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la USMP con maestría en Periodismo de Agencia concedida por la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid, España. Con estudios de diseño gráfico, web y programación. Diseñador, publicista y periodista multimedia en reconocidas empresas peruanas y españolas. 

Revisión y foto de cabecera: Plácido Luna

Visto 703 veces Modificado por última vez en Jueves, 16 Julio 2015 14:29

Artículos relacionados (por etiqueta)