Jueves, 12 Junio 2014 00:00

Números versus valores

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La Real Academia Española, al momento de publicar esta entrada, le asigna a la palabra valor trece acepciones, muchas de las cuales no guardan ninguna relación con el concepto de número, entre ellas:

1. m. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.
3. m. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase.
4. m. Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. U. t. en sent. peyor., denotando osadía, y hasta desvergüenza. ¿Cómo tienes valor para eso? Tuvo valor de negarlo.
5. m. Subsistencia y firmeza de algún acto.
6. m. Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos.
9. m. Persona que posee o a la que se le atribuyen cualidades positivas para desarrollar una determinada actividad. Es un joven valor de la guitarra.
11. m. Mús. Duración del sonido que corresponde a cada nota, según la figura con que esta se representa.
12. m. Pint. En una pintura o un dibujo, grado de claridad, media tinta o sombra que tiene cada tono o cada pormenor en relación con los demás. 

Así, a pesar de que se habla de "grado de utilidad", "alcance" o "fuerza", no podemos restringir el uso de estas palabras a magnitudes cuantificables numéricamente (Magnitud, según la RAE, acepción 4. f. Fís. Propiedad física que puede ser medida; p. ej., la temperatura, el peso, etc.), ya que las acepciones antes mencionadas tienen un significado más amplio, para entenderlo basta con plantearnos algunas de las siguientes preguntas:

 

  • ¿Cómo mediríamos un grado de utilidad si no es a través de alguna convención previa entre las partes?
  • ¿Cómo mediríamos el alcance de una significación?
  • ¿En qué unidades deberíamos realizar esas mediciones? ¿Grados, centímetros, alguna nueva unidad de medida o simplemente números abtractos?

Mientras por un lado existen magnitudes pasibles de ser medidas, no tener en cuenta la diferencia existencia entre números y valores implica en muchos casos un error profundo, y cuando hablamos de educación y formación, este error, a mi entender, parece agudizarse, ya que deberíamos diferenciar entre los aspectos cuantitativos y los cualitativos, de las habilidades y conductas humanas.

Aquellas instituciones que de alguna u otra forma promueven actividades cuantificables numéricamente en docentes y estudiantes (habitualmente conceptuales y procedimentales), pueden terminar ignorando a todas aquellas otras que no son pasibles de una calificación numérica sencilla (generalmente de tipo actitudinales), las cuales, en una activiadad como el diseño y muchas áreas más pueden resultar fundamentales.

De esta manera, tomando como cierta la afirmación anteriores, podemos terminar promoviendo generaciones de profesionales preocupados por lograr metas medibles y alcanzables a corto plazo, en detrimento de la búsqueda de resultados a mediano y largo plazo.

Es importante aclarar aquí que no estoy afirmando que cuantificar ciertos aspectos escenciales en alumnos y docentes esté mal, sino que, de lo que estoy convencido es que pretender que lo único importante sea destacar únicamente aspectos cuantificables, fácilmente medibles, me parece un error.
Por otra parte, los sistemas de calificación (asignación de notas numéricas) son una herramienta más, pero no la única, y utilizarla como sistema de premio/castigo puede terminar limitando el universo de actividades académicas realizables en una institución; la excelencia en los resultados frente al disfrute del proceso de enseñanza-aprendizaje, o la valoración de recursos externos frente a la promoción de la autovaloración de los integrantes de una comunidad educativa, entre muchos otros, son a mi entender, ejemplos claros de lo que un sistema rígido, absolutamente parametrizado y ajeno a las verdaderas necesidades humanas puede terminar produciendo.

El diseño debe ser una disciplina en cuyo fin último debe estar presente la mejora de las condiciones de vida del ser humano.

En la práctica logramos esto a través de la comunicación efectiva, la estética, la ética y el compromiso social, entre otros; en la escencia, a través de la sensibilización de sus profesionales; la cual, hasta donde entiendo resulta muy dificil alcanzar a través de la cuantificación, surgiendo aquí algunas nuevas interrogantes que reafirman esta hipótesis:

  • ¿Cómo cuantificar objetivamente a la creatividad?
  • ¿Cómo calificar sin coartar?
  • ¿Cómo diferenciar indisciplina de libertad creativa? 

Cada centro educativo tendrá establecidos sus propios criterios dependiendo en cada caso de su entorno, objetivos formativos y comerciales, recursos humanos y logísticos que les permitan implementar uno u otro sistema evaluativo, pero lo que sí creo cierto es que, estos parámetros preestablecidos y "objetivamente" alineados con sus fines educativos y formativos deben estar en armonía con los factores inherentes al ser humano, subjetivo, flexible y adaptable por naturaleza; lo que resulta un proceso complejo, que requiere de tiempo y de una estrategia de adaptación constante.

Si mal no recuerdo, en una conferencia de Norberto Chaves, lo escuché decir algo parecido a esto:

"Aquel diseñador que sea técnicamente excelente, pero que no ponga de sí sus propias vivencias, ni refleje sus propios valores será un profesional cuyo trabajo estará carente de esencia."

Debemos evitar esto por todos los medios en una sociedad que estimula a alcanzar logros medibles, metas numéricas, frías y alejadas del espíritu humano.

Plácido Luna.

 


 

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